El universo del Pilates es cambiante y diverso. Está la gente que llega al estudio como si estuviera entrando a una panadería: relajada, feliz, oliendo el reformer como si fuera una dona.
Y está la otra: la que entra al borde del abismo, esperando que el reformer no hable y que el espejo no devuelva la verdad. Porque si hay algo que el espejo sabe hacer, es eso: decir la verdad. Brutal, sin anestesia y, sobre todo, sin medir las consecuencias. Ya quedó claro, desde Narciso y Blanca Nieves.
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— OCINE (@ocine_es) December 4, 2024
Aunque Joseph Pilates jamás imaginó que la práctica de su método terminaría suscitando discusiones sobre el uso o no de los espejos como en un congreso de psicoanálisis, este objeto se ha transformado ciertamente en actor dentro del estudio. Un actor dramático que llegó sin pedir permiso.
Lacan y el “instante del reformer”
Lacan habló del “estadio del espejo”, ese momento glorioso y engañoso en el que el niño reconoce su imagen y piensa: “¡Ese soy yo! Enterito, precioso, perfecto”. Algo similar pasa en Pilates… pero al revés.
Te subes al reformer, apoyas la espalda (vértebra a vértebra, para no provocar al instructor), llevas los talones a la barra y ahí, justo ahí, lo ves: tu reflejo.
Ese reflejo que te devuelve a una pregunta existencial: ¿Siempre fui tan asimétrico o el reformer me odia?
Si Lacan hubiese pasado por un estudio de Pilates, seguramente habría dejado alguna de esas frases filosas que devienen en traumas insuperables: “El espejo no corrige, seduce”.
O peor: “El reformer revela”.
El espejo como villano y aliado del método
Joseph Pilates aspiraba a que el movimiento se sintiera, no que se viera. Si bien en algunas fotos de su estudio en Nueva York se observa algún que otro espejo, el protagonismo evidentemente lo tenían los equipos, los practicantes y, sobre todo, Pilates y su esposa Clara Zeuner, instructores atentos corrigiendo posturas, afinando técnica, trabajando de adentro hacia afuera.
Respirar, alargar, conectar, sufrir discretamente. Lo estético en segundo plano.
Los estudios se multiplicaron y el método se popularizó, mezclándose con danza, kinesiología, entrenamiento funcional, teatro y, como intenta sugerir este texto, aunque quizás no lo logre, con el psicoanálisis.
Poco a poco los espejos fueron ganando espacio. Grandes, brillantes, ubicados de tal manera que siempre te encuentran, incluso si intentas evitar “su mirada”.
Los defensores sostienen que ayudan a detectar rotaciones, colapsos, derrumbes de la cintura escapular y otras catástrofes biomecánicas.
Los detractores alegan que distraen, desproporcionan el ego, desvían cuellos y activan esa vocecita interna que pregunta: “¿Por qué mi pierna derecha parece pertenecer a otra persona?”
Ambas opiniones podrían tener razón.
Espejito, espejito (2012) y un lenguaje que no conoce el reformer
En Espejito, espejito (2012), versión cinematográfica del clásico de los hermanos Grimm, realizada por Tarsem Singh y donde se nos ofrece a una Blanca Nieves empoderada, Julia Roberts quiere una certeza que la tranquilice: “Eres la más bella”.
En Pilates, en cambio, el espejo jamás te va a decir eso. A lo sumo te sugerirá: “Eres casi la más alineada”.
La película plantea algo simple, que es lo único que importa ahora: la belleza superficial es lo menos interesante (a pesar de Pretty Woman, 1990). La verdadera magia surge cuando el cuerpo, ese que tiembla, respira, se desordena y se recompone, encuentra armonía con su propio movimiento.
Algo muy pilates, si lo pensamos bien.
Cuando el espejo se vuelve demasiado protagonista
El problema no es el espejo en sí, sino cuando empieza a competir con tu propio cuerpo para ver quién dirige la clase. Ejemplos abundan:
Estás acomodándote en footwork y terminas alisándote el flequillo.
En side splits, en vez de sentir la pelvis, comparas tu silueta con la de la persona de al lado (que, por supuesto, parece salida de un comercial).
Doblas el cuello solo para chequear “qué tal se ve”. Spoiler: se ve torcido, porque lo estás torciendo para mirar.
Por otro lado, para quienes tienen una relación difícil con la imagen corporal, el espejo puede pasar de herramienta útil a antagonista emocional en cuestión de segundos.
Y no hay reformer que sostenga eso.
Entonces… ¿espejos sí o no?
La respuesta es más complicada que preguntar quién es la más bella. No se trata de sentenciar si es “bueno” o “malo”, sino de pensar qué experiencia queremos construir en la práctica: ¿Una dirigida por la imagen, la precisión visual y la corrección externa?
¿O aquella centrada en la propriocepción, el sentir interno y ese mini-milagro que es movernos con presencia?
Para estudios que se dedican a la danza, por ejemplo, los espejos son imprescindibles: ayudan a la retroalimentación visual de la imagen. Lo importante es no perder de vista que el espejo es un dispositivo, no un juez.
Y que el objetivo del método es siempre el mismo: habitar el cuerpo con más conciencia, libertad y humor… especialmente humor.
Final sin moraleja (pero con un guiño)
En Blanca Nieves la reina se obsesiona con su reflejo. En Pilates, la verdadera enseñanza aparece cuando decides dejarlo ir. Y a Lacan lo dejamos de lado ahora. Porque la clase, la buena de verdad, empieza cuando ignoras el espejo, escuchas tu respiración y aceptas que tu pierna tiembla, sí, pero que ese temblor también es belleza. Una belleza viva, movediza y, sobre todo, auténtica. Esa que no necesita espejo ni psicoanálisis para existir.

