Transverso. Observatorio Pilates.
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    martes, febrero 3

    La primera vez que escuché la palabra propiocepción fue en una clase de Pilates. Recuerdo que tuve que esperar a que la profe siguiera hablando para entender de qué se trataba: “cierren los ojos y sientan dónde está la pelvis, dónde están las piernas, cómo se ubica cada parte de su cuerpo”. Recién ahí comprendí.

    Al llegar a casa busqué el término y descubrí que había sido acuñado a comienzos del siglo XX por Charles Scott Sherrington para nombrar la capacidad del cuerpo de reconocer la posición y el movimiento de sus partes. La palabra proviene del latín proprius  (lo que pertenece a uno mismo) y ception (percibir).

    La propiocepción es, entonces, el sentido que nos permite saber cómo está organizado nuestro cuerpo en cada momento sin necesidad de usar la vista. Gracias a la información que llega de manera constante desde músculos, articulaciones y tendones, el cerebro sabe dónde estamos, cómo nos movemos y qué ajustes necesita hacer para mantener el equilibrio, la estabilidad y la coordinación.

    En pilates aparece todo el tiempo. Está en la precisión de un apoyo, en el ajuste del eje, en la forma en que el movimiento se organiza desde el centro. No se trata solo de hacer un ejercicio, sino de percibir cómo el cuerpo se acomoda para realizarlo.

    Desde el punto de vista fisiológico, actúa de manera permanente, tanto cuando prestamos atención al ejercicio como cuando el cuerpo responde de forma automática, ajustando el tono muscular y cuidando las articulaciones. Si la información que recibe el cerebro es clara, el movimiento se organiza con mayor fluidez y eficacia. De suceder lo contrario, el accionar pierde armonía y el movimiento se vuelve torpe o desmedido.

    Por eso el entrenamiento propioceptivo es central en pilates. Cada ejercicio propone afinar la percepción interna, mejorar la calidad del movimiento y organizar respuestas optimizadas. No se trata solo de ejecutar una forma, sino de sentir cómo se llega a ella y cómo se sostiene. Ahí comprendí también la enorme importancia que algunos docentes le dan a los ejercicios que enmarcan dentro del pre Pilates, como sucede, por ejemplo, en el trabajo de la reconocida maestra Inelia García.

    Una vez que incorporé el término, empecé a reconocer su uso en otras disciplinas. En una charla con una amiga música, la palabra apareció de manera natural: “Si no estoy bien propioceptiva, el instrumento se me va”, dijo. Hablaba de regular el gesto, de evitar tensiones innecesarias, de preparar el movimiento antes de que el sonido ocurra.

    Cada ejercicio propone afinar la percepción interna, mejorar la calidad del movimiento y organizar respuestas optimizadas.

    Algo parecido escuché después en una conversación con un conocido del teatro. Para él, la propiocepción era presencia escénica: saber cómo el cuerpo ocupa el espacio, cómo se desplaza el peso, cómo una mínima variación postural cambia el sentido de una acción. Pensando en esto, resulta imposible no reconocer la importancia fundamental que tiene también en la danza.

    En estas manifestaciones artísticas y corporales, la propiocepción no suele nombrarse en términos técnicos, pero está siempre en juego. Permite regular el gesto, sostener la atención corporal y moverse con coherencia sin depender del espejo o de la corrección externa. Exactamente lo mismo que ocurre en Pilates.

    Ahí entendí también que pilates, música, danza y teatro comparten un mismo suelo. En todos los casos, el cuerpo no es un instrumento que se usa desde afuera, sino un territorio que se percibe desde adentro. La propiocepción es ese sentido interno que organiza el movimiento, sostiene la postura y da lugar a una acción más clara y expresiva.

    Desde pilates, este trabajo tiene además una consecuencia concreta: previene lesiones. El cerebro sabe dónde está una articulación y puede cuidarla.

    Quizás por eso la propiocepción aparece en conversaciones tan diversas. Porque no pertenece solo a la medicina ni al entrenamiento físico. Es un punto de encuentro: un lenguaje común entre quienes se mueven, actúan, bailan o hacen música. Un saber corporal profundo que puede – y necesita- ser entrenado.

    Mai Lopez
    Author: Mai Lopez