Kathy Corey tiene una frase que resume buena parte de su filosofía: «pilates es para todo el mundo, pero no todo el mundo está para el pilates», dice en una entrevista de Cristina Galafate publicada por el diario español El Mundo.
La maestra estadounidense comenzó a practicar en 1979 con uno de los discípulos directos de Joseph Pilates, Ron Fletcher, y pasó los años noventa entrevistando a todos los maestros de primera generación como directora de comunicación del Instituto para el Método Pilates. Es una de las voces más autorizadas en defensa del método original.
Kathy Corey, guardiana del método de Joseph Pilates: "Lo que haces en esas clases de reformer con música alta no es Pilates" https://t.co/xRXWecYsoO
— EL MUNDO (@elmundoes) May 24, 2026
Corey estuvo recientemente en España para impartir una formación en la Universidad de Alcalá, convocada por Laura Cabral y el Dr. Juan Bosco, la pareja que introdujo el pilates en el país hace más de tres décadas.
La visita coincidió con uno de los momentos más significativos de su carrera: el 8 de mayo, 350 personas de 50 países se reunieron en Mönchengladbach para el Congreso bianual Pilates Heritage y para presenciar la inauguración de la Pilates-Platz, la plaza frente a la casa natal de Joseph Pilates.
«En 1979, alguien me habló de una técnica llamada contrología, el método de Joseph Pilates. Hice un curso de cinco días con el maestro Ron Fletcher, discípulo directo, porque Joseph falleció en 1967, y lo tuve claro: eso era el futuro del fitness. Al mundo le llevó unos 40 años entenderlo», dice.
El método y su distorsión
Para Corey, la expansión global del pilates tiene una cara positiva y una sombra. Lo positivo: nunca antes tantas personas habían accedido a una práctica que considera extraordinaria para la salud física y mental. La sombra: esa masificación vino acompañada de una dilución de los principios que definen al método.
«Puedes conocer cada ejercicio del repertorio y no estar haciendo pilates», afirma, recuperando lo que aprendió de los maestros originales.
El núcleo del método, según Corey, no son los ejercicios sino los conceptos: la conexión mente-cuerpo —»no mente sobre cuerpo, ni cuerpo sobre mente, sino coordinación completa entre ambos»—, el propósito detrás de cada movimiento, la presencia durante la práctica.
«Necesitamos conectar los unos con los otros, y esto va mucho más allá del pilates: vemos a adolescentes sentados en la misma habitación que, en lugar de hablar, se mandan mensajes por el teléfono», apunta.
Desde esa perspectiva, las clases de reformer con música alta son otra cosa: «Es un reformer, de acuerdo, pero no son los conceptos del método. No están haciendo pilates, están haciendo ejercicios en una máquina». La distinción no es semántica: implica una diferencia en los resultados, en la conciencia corporal y en la relación del practicante con su propio cuerpo.
Adaptar, no modificar
Corey no es ajena a la evolución. Reconoce que los propios maestros incorporaban elementos —pequeñas pesas, grandes pelotas de fitness— siempre que respondieran a los principios del método. Lo que aprendió de su maestra Kathy Grant es una distinción que considera fundamental: no se trata de variar ni de modificar, sino de adaptar.
«Adaptar significa ajustar el ejercicio al cuerpo o al propósito que buscas. Hay que encontrar el propósito y trabajar desde ahí», explica. Sin ese hilo conductor conceptual, el pilates se convierte, según Corey, en una marca vacía.
El legado en riesgo
Uno de los datos que más la preocupan es concreto: hay instructores enseñando Pilates en todo el mundo que no saben que hubo un hombre que lo creó. «No es solo un nombre, como puede ser CrossFit, es un apellido», señala.
Por eso lleva doce años organizando el Congreso Heritage en Mönchengladbach. Y por eso la inauguración de la Pilates-Platz —gestionada junto a la ciudad durante años, con tres alcaldes y dos partidos políticos— representa algo más que un gesto simbólico: es un punto de anclaje físico para una historia que corre el riesgo de disolverse en el mercado.
La ciudad acaba de adquirir la casa natal de Pilates. Como presidenta de la Sociedad Internacional del Patrimonio Pilates, Corey trabajará junto al municipio para convertirla en museo y estudio. «Él nos dio nuestra carrera, nuestra salud, nuestra vida. Es hora de devolvérselo».
A los 78 años, en movimiento
En junio cumple 79. Pasa la mitad del año fuera —Portugal, Alemania, Asia, América del Sur— y dice sentirse «maravillosamente».
Empezó con escoliosis. Le dijeron que el reformer no era para ella. Encontró en el corrector de columna —uno de los aparatos originales de Pilates, hoy casi desaparecido de los estudios— la herramienta que necesitaba.
La maestra Romana Kryzanowska decía que con el tiempo uno se convierte en pilates y el pilates en uno. «La forma en que te levantas, en que te sientas, en que te mueves se convierte en un ejercicio», cita Corey.
Y agrega: «Creo que cuanta más gente entienda que está haciendo este trabajo que se remonta a 1883, cuando él nació en esa ciudad, más emocionante les resultará. No solo decir: me encanta la clase de reformer, sino saber que tiene historia, y que podemos seguir escribiéndola».
Y sobre el método y su eficacia, lo resume todo en una frase: «Debería estar en los colegios, de hecho, porque el pilates mejora otras disciplinas».

