En una clase de pilates pocas cosas generan tanta confusión —y a veces frustración— como los continuos cambios de resortes en el reformer. Mientras que para los principiantes cada color es un misterio, para los instructores debe ser una estrategia silenciosa pensada sin romper el ritmo del flujo de una jornada.
Es en este punto donde aparece uno de los grandes desafíos: evitar que ese tiempo de práctica se transforme en una secuencia interrumpida de órdenes como “ahora un rojo”, “ponemos un azul”, “agregamos un amarillo”.
Las indicaciones en corte no solo afectan la fluidez, sino que dejan una sensación de que se puede estar improvisando. Cada una de las interrupciones quiebra la atención del alumno, que pierde la concentración de su cuerpo y puede sentir que ha llegado al lugar sólo para cambiar resortes.
Por qué los colores importan (y por qué no hay que abusar de ellos)
El color en los resortes no responde a un capricho estético: representa distintos niveles de resistencia para calibrar la intensidad del movimiento, según el objetivo del ejercicio y la condición del alumno.
Sin embargo, persiste un malentendido. Más peso no significa siempre mayor dificultad. La realidad es más compleja. Un resorte pesado puede brindar apoyo y facilitar ciertos ejercicios, mientras que uno liviano exige un control extremo y un compromiso muscular profundo que suele ser más desafiante que la fuerza bruta.
Esta lógica se vuelve aún más singular porque no todos los fabricantes trabajan con la misma configuración.
Marcas reconocidas como Peak Pilates, por ejemplo, utiliza la combinación rojo, amarillo y azul; Balanced Body, por su parte, agrega el verde.
En Argentina, algunas marcas nacionales, como Studio Moderna Pilates, P&P, Xtend Pilates y Fox, por ejemplo, emplean sistemas que suelen combinar amarillo, azul, verde y rojo, aunque con tensiones que varían.
La diversidad en la estandarización significa que “un rojo” no necesariamente ejerce la misma tensión en todos los estudios. En espacios donde conviven equipos de diversas marcas o generaciones, la experiencia del alumno puede volverse inconsistente y el desafío de los instructores llega a ser mucho mayor.
Unificar equipamiento (o al menos los criterios internos de uso) es una decisión pedagógica clave, debido a que reduce confusión, mejora seguridad y permite que el alumno aprenda a interpretar la resistencia sin explicaciones constantes.
Combinaciones, resortes y colores
Las combinaciones funcionan como una microdosificación de la intensidad y determina tanto el esfuerzo como la calidad del movimiento.
Las cargas ligeras (amarillo más azul) favorecen el trabajo fino, la propiocepción y la estabilización.
Los resortes rojos se asocian a potencia, alineación y trabajo de grupos musculares grandes, especialmente en footwork.
Las cargas mixtas (rojo más amarillo) combinan fuerza con una inestabilidad moderada. Las configuraciones muy livianas, como dos azules, permiten dinámicas suaves, aeróbicas o de recuperación.
En los equipos que incluyen verde o negro, esas resistencias se reservan para trabajos avanzados de salto o potencia.
En conjunto, los colores no son un simple código visual: conforman un lenguaje silencioso que organiza la clase y regula el esfuerzo.
Ejemplos concretos en ejercicios específicos
En footwork suele utilizarse un resorte rojo y uno azul, o dos rojos en alumnos más fuertes, ya que el peso estabiliza el carro y protege las articulaciones.
En The Hundred, las cargas más comunes son azul más amarillo o incluso menos, porque demasiado peso reduce el desafío abdominal al estabilizar en exceso el carro.
Para la Rowing Series, el trabajo seguro y fluido de hombros y escápulas se logra generalmente con amarillo más azul.
Todas estas combinaciones son orientativas: dependen del cuerpo del alumno, del objetivo del día y del criterio del instructor. También influye el mantenimiento: los resortes deben reemplazarse cada dos años para evitar pérdida de tensión y riesgos.
La importancia de la fluidez en una clase de Reformer
Una clase efectiva tiene algo en común con una buena coreografía: fluye sin interrupciones. Cuando los alumnos cambian resortes constantemente, la experiencia se fragmenta: se pierde el ritmo, se corta la respiración, se diluye la concentración, aumenta la ansiedad en principiantes y se genera una percepción de desorden incluso cuando la clase está bien planificada.
La fluidez tampoco es un lujo artístico, sino una herramienta que refuerza la propiocepción, mejora la regulación emocional y eleva la sensación de competencia del alumno.
Recomendaciones prácticas para instructores
Diseñar bloques por familias de resortes ayuda a simplificar la experiencia: los ejercicios se agrupan según cargas similares y los cambios solo ocurren cuando el foco corporal realmente lo requiere. Elegir transiciones con intención permite, por ejemplo, pasar del footwork al puente, del puente al trabajo de brazos y luego al short box usando la misma carga o con un único ajuste.
Minimizar saltos bruscos entre resistencias evita confusiones, al igual que no usar todos los resortes solo porque están disponibles. Anticipar la progresión y comunicarla con frases simples como “mantendremos esta carga para los próximos tres ejercicios” ordena el ambiente.
Ensayar mentalmente la clase ayuda a prever puntos de atasco, y observar al grupo, más que aferrarse al plan original, permite adaptar la dificultad. En última instancia, priorizar el ritmo por encima de la variedad construye una experiencia más profunda, eficiente y disfrutable para todos.

