Un artículo publicado esta semana por The Guardian pone sobre la mesa una pregunta para la cual la industria del pilates no acaba de ofrecer una respuesta: ¿el boom del reformer produce más lesiones?
La pregunta no es retórica, el crecimiento acelerado de las clases grupales de reformer —no solo en estudios especializados, sino en espacios boutique que ofrecen su propia interpretación del método o en los propios hogares— viene acompañado de un aumento en las lesiones reportadas.
El fenómeno recuerda, según algunos especialistas del sector, al boom del aerobics de los años 80, cuando el método se popularizó más rápido de lo que pudo regularse.
Los números del crecimiento son elocuentes y según la plataforma de reservas ClassPass, el Pilates ha ocupado el primer lugar mundial durante tres años consecutivos, con un incremento del 66% en reservas durante 2025.
Datos de la aseguradora Protectivity revelan que las solicitudes de seguro de instructores de Pilates de reformer se dispararon un 948% entre 2024 y 2025, el mayor incremento registrado en todas las categorías de nuevos emprendimientos.
El ritmo de expansión también ha sido parte del problema. Entre los factores que contribuyen al aumento de lesiones se señalan la apertura de estudios por parte de personas sin formación suficiente en pilates reformer, así como, según las mismas fuentes, la práctica de colocar demasiadas máquinas en un mismo espacio para maximizar ingresos.
Hay también reportes de clases con luces estroboscópicas y música a alto volumen, condiciones que eliminan la posibilidad de observar, corregir la técnica y enseñar con propiedad.
El reformer es un aparato de cierta complejidad, con carros deslizantes y configuraciones de resortes que afectan significativamente la estabilidad. Fue diseñado originalmente para la instrucción individual o en grupos pequeños. Usarlo como si fuera una pieza más del equipamiento de gimnasio, advierten los especialistas, es un error con consecuencias físicas concretas.
Muchos estudios han desviado su práctica de los principios originales del pilates, priorizando la intensidad y la estética por encima de la seguridad y la técnica correcta; algunos contratan entrenadores personales con formación mínima o inexperiencia, aspecto que deriva en clases que no contemplan las necesidades individuales ni las lesiones previas.
El debate no es nuevo, pero la nota de The Guardian lo coloca en el centro de la agenda mediática global en un momento particular, pues el pilates reformer ha dejado de ser una práctica de nicho para convertirse en un fenómeno de masas gracias al propio acompañamiento del mercado.
Para la comunidad —instructores, kinesiólogos, propietarios de estudios— el desafío es conocido: cómo sostener la integridad del método cuando la demanda supera la capacidad de formación.
Es una discusión que excede a Gran Bretaña. En España y Argentina, mercados con alto crecimiento de estudios de reformer, el debate sobre formación y regulación tiene características propias.
En España no existe un título universitario oficial para instructores de pilates: las universidades no ofrecen esta carrera, y la habilitación para ejercer depende de certificados de profesionalidad cuya exigencia varía según la comunidad autónoma.
Solo 9 de las 17 comunidades autónomas cuentan con leyes de regulación del deporte que exigen titulación oficial para ejercer en el sector, según plataformas como FuentePilates. En la práctica, esto significa que en buena parte del territorio español cualquier persona puede abrir un estudio de reformer y ofrecer clases sin acreditar formación específica.
En Argentina el escenario es similar. No existe regulación nacional que establezca estándares mínimos de formación para instructores de Pilates, y la oferta de certificaciones es amplia y heterogénea: desde programas de varios meses con práctica supervisada hasta cursos enteramente online de pocas semanas.
La expansión del mercado —documentada en nuestro propio relevamiento de más de 400 estudios activos en CABA— ocurrió en ese vacío normativo, y no hay señales de que la situación vaya a cambiar en el corto plazo.
Lo que el artículo The Guardian pone sobre la mesa, en definitiva, no es un problema exclusivamente británico: es el síntoma de una industria que creció más rápido que su capacidad de autorregularse. Y en mercados donde la densidad de estudios es tan alta como en Buenos Aires —o tan acelerada como en las principales ciudades españolas—, la pregunta sobre quién certifica a quien enseña se vuelve cada vez más urgente.

