Transverso. Observatorio Pilates.
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    martes, febrero 3

    Se acercan los días festivos y los estudios de Pilates comienzan a tener menos afluencia de clientes. Al menos en Argentina, enero funciona como un paréntesis corporal: vacaciones, calor, viajes, sobremesas largas y una pausa, más o menos distendida, de las rutinas que ordenaron el año.

    El cuerpo, entrenado, corregido y observado durante meses, parece exigir un reconocimiento. Es tiempo de agradecerle el esfuerzo y, de paso, concederse algunos placeres. A fin de cuentas, para eso se trabajó todo el año.

    En ese clima, ideal para relajarse entre brindis de Navidad y promesas de Año Nuevo, los practicantes más fieles del método recuerdan que el pilates (y su creador) nunca fue una práctica ascética.

    La historia del ejercicio está atravesada por objetos cotidianos, invenciones ingeniosas y una relación poco solemne con el mundo material. El aro flex o Magic Circle, es quizá el mejor ejemplo de esa mezcla entre disciplina corporal y goce.

    La historia del método refiere que Joseph Pilates se habría inspirado en los aros metálicos de los barriles de cerveza para diseñar este implemento portátil de resistencia. ¿Puede verificarse la escena con documentos irrefutables? Probablemente no; pero la anécdota persiste y encuentra sustento en la manera en que Pilates sabía transformar los objetos comunes para transformarlos en herramientas, algo que confirman los equipos que creó y patentó a lo largo de su carrera.

    A diferencia de grandes aparatos como el Reformer, el Cadillac o la Wunda Chair, el aro cabe en una valija y puede acomodarse en una mochila o en el rincón menos pensado del living. Su portabilidad lo vuelve casi democrático y explica por qué no falta en ningún estudio y por qué, cuando llega el verano, se convierte en el aliado perfecto para quienes quieren “hacer algo” sin sentirse atrapados por la rutina.

    Enero, al menos en el hemisferio sur, es propicio para promover pintorescas escenas del método. Hay quien se van a la playa y, sobre la arena, ensaya un Teaser; Instagram es canal de fotos y videos con piernas y brazos suspendidos al aire libre, con el oleaje de fondo y el sol haciendo lo suyo.

    Otros optan por versiones más discretas y domésticas y se los ve en terrazas o balcones estirando el cuerpo. En todas, el aro flex funciona como un puente: mantiene vivo el método sin exigir solemnidad.

    El aro también tiene una vida social inesperada: circula, se presta, se olvida. Hace poco, una amiga me pidió ejercicios para mejorar la fuerza de los brazos. Le mostré algunos con el aro y ese mismo día salió a comprarse uno. Semanas después lo olvidó en el consultorio de su psicóloga.

    En la sesión siguiente, la profesional confesó que sí, que efectivamente lo había olvidado… y que ella misma había estado usándolo. Muy probablemente terminaría comprando el suyo.

    La anécdota sirve para ilustrar como el aro se desliza con naturalidad entre disciplinas, espacios y personas. No pertenece únicamente al estudio; se cuela en consultorios, casas y rutinas ajenas como si su forma circular invitara a una apropiación inmediata.

    Tal vez por eso, en estos días de balances y celebraciones, una cerveza fría no genera tanta culpa. Brindar puede leerse, con las licencias propias de las fiestas, como un pequeño homenaje al método pilates y a ese origen situado entre el metal, la tensión y los barriles.

    Aunque no es propósito precisar el momento exacto en que Joseph Pilates creó o utilizó por primera vez el aro flex, las fotos que circulan de su estudio muestran el uso sistemático que hacía de este implemento: como desafío para la fuerza, la resistencia y la activación de la musculatura profunda.

    El aro flex se comercializa en medidas estándar y colores diversos, pero mantiene la esencia de su estructura original. En la página del estudio Rhinebeck Pilates, dentro de la sección Collections, se documenta la existencia de dos ejemplares originales: completamente metálicos, con asas de goma roja. Uno tiene dos bandas y el otro cuatro, lo que indica que Pilates trabajaba con distintas tensiones.

    No es casual que el aro aparezca con frecuencia en los endings creados por Pilates: secuencias finales breves, precisas, pensadas para reorganizar el cuerpo antes de cerrar la práctica. Ejercicios simples, presiones suaves con brazos o piernas, activaciones del centro, respiraciones contenidas, que no buscan agotamiento sino claridad. El aro acompaña ese cierre sin estridencias.

    Si el verano es, como suele decirse, una suspensión provisoria del orden, el aro flex parece contener esa lógica, y hasta haberla entendido: no protesta cuando el estudio se vacía, no exige turnos ni cuotas, no se ofende si queda semanas olvidado en un rincón. Espera. Circular, paciente y metálico. Como si supiera que siempre se vuelve.

    Como círculo, no avanza ni retrocede: insiste. No promete progreso lineal, sino retorno. Constancia. Vuelve el cuerpo, vuelve el método, vuelve el aro. Incluso después de los excesos de diciembre, incluso después de enero; incluso después de esa cerveza que “no iba a pasar”.

    Quizá por eso el aro flex sobrevive tan bien a las fiestas. No juzga el pan dulce, no discute el brindis repetido, no lleva la cuenta de calorías ni de propósitos incumplidos. Está ahí para recordar, con una resistencia amable pero firme, que el cuerpo no funciona a base de culpas, sino de pequeñas activaciones sucesivas.

    Joseph Pilates, que desconfiaba profundamente de la pereza moderna pero no del ingenio, probablemente habría apreciado estas escenas contemporáneas de alumnos intermitentes, estudios semivacíos, playas convertidas en gimnasios improvisados y aros circulando de mano en mano como libros prestados.

    El método, después de todo, nunca fue un monumento inmóvil, sino una práctica adaptable, un sistema vivo.

    Entre el metal del aro y el vidrio que sostiene la cerveza hay menos distancia de la que parece. Ambos reflejan la luz del verano, ambos se enfrían antes de entrar en contacto con el cuerpo y ambos participan, a su manera, de un mismo ritual estacional: aflojar sin romper, descansar sin desaparecer.

    Así, mientras el calendario se reinicia y las promesas se formulan con entusiasmo variable, el aro flex sigue cumpliendo su función con discreción. No pide fidelidad eterna ni perfección técnica. Solo propone volver a apretar un poco, soltar después y respirar en el medio. Como el año que empieza, como el brindis que se repite, como el círculo que nunca se cierra del todo.

    Mai Lopez
    Author: Mai Lopez