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    lunes, abril 13

    Si uno intenta rastrear la historia del pilates en Argentina, aparece de manera reiterada el nombre de Tamara Di Tella. A comienzos de los años 90, esta doctora en Ciencias Políticas con formación en universidades de Estados Unidos y Gran Bretaña abrió en Buenos Aires lo que han denominado «el primer spa urbano» de Argentina.

    Desde este espacio, para ella «entre clínica, estudio y galería», intentó resignificar el repertorio del sistema de ejercicios creado por Joseph Pilates con una propuesta que llamó: Tangolates.

    La anécdota fundacional, narrada en distintas entrevistas y reportajes para diarios como Página 12 o Clarín, deja testimonio de una pretensión comercial y visualiza el dispositivo cultural que terminó creando, donde articuló salud, estética y moda; todo en el corazón de la ciudad.

    Del spa al pilates

    «Nadie sabía qué era un spa; menos, urbano; no existía el concepto», recordaba Di Tella, cuyo nombre de soltera era Tamara Chichilnisky, la hija menor de un matrimonio ruso-judío emigrado a la Argentina.

    Tamara Di Tella eligió Ciencias Políticas, aunque siempre supo que «la salud era lo que más le gustaba». «Una mujer podía ir a la peluquería, a hacerse masajes, tratamientos, pero no había un lugar en el que le hicieran todo en un día. Soy hija de neurólogos y pensaba en abrir una clínica médica dedicada a la estética».

    El spa fue primero, el Pilates llegó después y con otra historia. Di Tella lo descubrió en 1999, cuando su marido, el sociólogo Torcuato Di Tella, a quien había conocido décadas antes en Oxford y que había dirigido su tesis doctoral en Stanford, se cayó de la bicicleta en el campus de esa universidad californiana. Terminaron haciendo pilates en San Francisco. «Inmediatamente pensé en traerlo» a la Argentina, relataría ella más tarde.

    Para 2001, apenas dos años después de traer la primera máquina con un solo instructor, Tamara Di Tella contaba con 18 equipos, 23 instructores y tres centros en funcionamiento; dos en Capital y uno en una ciudad al norte del Gran Buenos Aires. Ese proceso ocurrió, como ella misma subrayaba con orgullo, «en plena crisis». Había además presentado la solicitud para fabricar máquinas de pilates bajo licencia extranjera, algo que la ubicaba no solo como importadora sino como productora.

    Tango, cuerpo y algo más

    Desde lo técnico, Tangolates propuso una síntesis estética y metodológica: el 2×4 del tango como estructura rítmica, la economía del movimiento del Pilates y cápsulas de otras prácticas somáticas —ballet, yoga, kinesiología.

    Di Tella señalaba que buena parte del método se fue gestando en la práctica clínica: trabajando en la sala de rehabilitación de un hospital nacional fue donde empezó a darle forma a su nueva creación.

    La trayectoria de Di Tella excedió el ámbito local. Logró articular una oferta con filiales en distintos países y supo capitalizar sus credenciales académicas para calzar con estatus científico una práctica que, teniendo en cuenta el contexto, podría haber sido leída como una moda.

    «No es común que alguien que tenga una academia de gimnasia sea una académica, ¿no?», reflexionaba ella misma. «Si lo hubiera programado, no me salía.»

    Buenos Aires como laboratorio

    La expansión de la propuesta hay que situarla, además, en su contexto. Buenos Aires, con sus altos niveles de consumo cultural y estético, se volvió en esos años terreno fértil para la proliferación de prácticas corporales. Di Tella supo interpretar ese clima.

    «La cuestión es que se puso de moda y antes de darme cuenta ya tenía el síndrome del spa como un fenómeno de Buenos Aires, más que un producto», relataba Di Tella. Su diagnóstico sobre la ciudad era preciso y nada complaciente: «En ninguna ciudad del mundo ves tantos lugares en los que se hace lo mismo. En la calle Paraná, desde Córdoba a Santa Fe, hay cinco estudios Pilates. Acá pasa que cuando algo se pone de moda, todos quieren hacer lo mismo.»

    La observación remite a un fenómeno bien conocido en la economía urbana: la imitación como mecanismo de escalamiento y la uniformización del mercado del bienestar. Pero Di Tella añadía una advertencia que vale la pena traer de vuelta: «Hay que tener cuidado con el éxito, es una cosa muy peligrosa, te podés fundir.»

    Un camino propio

    Hay una dimensión de la historia de Tamara Di Tella que las entrevistas de época no podían registrar y que solo emerge con el tiempo: su propia evaluación de lo que construyó.

    En una conversación posterior concedida a Infobae, ya retirada de los negocios y viuda de Torcuato —fallecido en 2016—, Di Tella hizo una revisión de su trayectoria.

    «Me dedico a partir de 1990 a ser empresaria de un rubro que nada que ver. ¡Grave error de mi vida!», declaró. Y explicó el origen de esa decisión con una lucidez que ilumina el contexto de otra manera: «No quería ser una sombra. Entonces me separé, me dediqué a lo mío para hacer algo con mi vida que no fuera estar a su sombra. Porque si yo me quedaba en el mundo académico siempre iba a ser la sombra de Torcuato Di Tella.»

    Capítulo abierto

    Si bien Tangolates no figura entre las prácticas recurridas por los practicantes de pilates —al menos según lo que hemos podido constatar en el relevamiento que sostiene esta serie—, es necesario recordarlo como síntoma de una mutación más amplia en las formas de cuidar el cuerpo y de reinventar un método desde una proyección cultural.

    No solo transformó rutinas físicas – reorganizó redes profesionales (kinesiólogos, bailarines, entrenadores), mercados simbólicos y estrategias de comunicación-, sino que propuso revolucionar un método; aunque con el intento, también, entraba la posibilidad de banalizarlo.

    Recuperar la historia de Tamara Di Tella permite reconstruir otro capítulo del pilates en Argentina: uno donde las variantes del método ocupan un lugar central en la oferta de bienestar urbano, no solo porque aportan herramientas de reequilibrio corporal, sino porque en su circulación se revelan también las piezas de una gestión que articula pretensión intelectual, contexto cultural y demanda del mercado.

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    Author: TP