El martes pasado, en mi última sesión de Pilates del año, tuve clases con una instructora nueva. Nos recibió con la advertencia de que solo estaría esta semana en el studio, porque la profe habitual se había ido a Bariloche, en el sur de Argentina, a pasar las fiestas en familia.
La novedad no fue solo el cambio de profesional; la nueva profe llegó con energía fresca, una voz agradablemente estimulante y una disposición casi radial. Durante el calentamiento previo empezó a preguntarnos, una por una, a qué nos dedicábamos, qué nos gustaba hacer, si nos tocaba cocinar en Navidad, qué platos teníamos planeados. Más que una clase, parecía el comienzo de una sobremesa anticipada.
Luego anunció que la sesión estaría pensada para “prepararnos para las extravagancias de las cenas navideñas”. Y cumplió. Fue una clase intensa, de esas que no discriminan zonas: ejercicios de brazos llevados hasta el temblor por las series sostenidas, abdomen activado como centro innegociable, piernas y glúteos puestos a prueba en equilibrios prolongados. Pilates en versión antes del exceso.
Todo eso, además, acompañado de una playlist muy particular.
“Y ahora sí empiezan las fiestas”, dijo la profe. Y arrancamos, efectivamente, a todo tren y con un tema de fondo que hacía años no escuchaba:
Porque yo en el amor soy un idiota
que he vivido mil derrotas…
No estoy segura de si la instructora, muy joven y muy argentina, sabía exactamente quién cantaba. A mí la voz me llevó directo a otra geografía y a otro tiempo: mis años universitarios, una plaza en Holguín, un concierto de Polo Montañez.
Aquel guajiro natural, tan cubano, que pasó buena parte de su vida trabajando como campesino y que grabó sus canciones casi como quien deja constancia de algo que ya existía antes de ser grabado. Su voz, directa, terrosa, sin adorno, sonaba ahora como banda sonora en un estudio de Pilates en Buenos Aires, una imagen que el propio Polo, con su guitarra rústica y su vida breve, jamás hubiera imaginado.
Después vinieron otros temas, de otros autores, de una zona geográfica que la profe “simpáticamente” no pudo definir:
– Me encanta el ritmo de toda esa área central que no sé cómo se llama, dijo, y fue otra alumna la que le aclaró que su nombre era el Caribe.
En medio de un puente con pelotas entre las piernas, mientras la profe nueva pedía equilibrio y fuerza en los isquiotibiales, el altoparlante lanzó otra sorpresa:
Se te ve pasar con tu genio,
se te ve pasar con tu caminar…
Si algo no fue nunca Orishas, fue música de fondo. Mística, una de sus canciones más conocidas, tiene esa rara virtud de ser bailable y reflexiva al mismo tiempo. Escucharla mientras se intenta no perder el equilibrio resulta, como mínimo, una experiencia sensorial completa.
Ahí entendí que aquella playlist no respondía a ninguna curaduría técnica estricta, sino a algo más cercano al ánimo, al clima, al permiso estacional y, sobre todo, al gusto personal de quien estaba a cargo de la clase.
Hoy, si se busca “Música para pilates” en YouTube o Spotify, el algoritmo ofrece de todo. Playlists como Pilates Flow – Calm & Control, Pilates Workout Music 60–90 BPM o Pilates Reformer Class Playlist prometen concentración, control y respiración acompasada. Algunas incluso aclaran, casi como advertencia médica, que el ritmo ideal debe oscilar entre los 60 y 90 beats por minuto para no alterar la atención ni el pulso.
Otras listas apuestan al spa emocional: Relaxing Pilates Music, Mindful Movement, Deep Stretch & Release. Ahí abundan el piano suave, los sonidos de lluvia, cuencos tibetanos y texturas ambientales pensadas para que el cuerpo entre en modo introspectivo antes de que la mente se entere.
También están las playlists más elegantes: Pilates with Classical Music, Bach for Pilates, Mozart Flow, Debussy & Movement. Pensadas para quienes creen, o quieren creer, que el control del centro mejora notablemente si se lo acompaña con armonía europea del siglo XVIII.
Yo, particularmente, soy de las alumnas que no suelen hablar durante la clase. No solo no le aclaré a la profe que la música y el ritmo que, evidentemente le encantaba, pertenecía a la región geográfica de la que vengo, sino que esperé hasta el final para animarme a conversar un poco.
Prefiero concentrarme en los ejercicios, la respiración, el equilibrio. Pero a fin de cuentas se trataba de una clase distinta. La última del año. Festiva. Permisiva. Diciembre puro.
En los estiramientos finales, le pregunté a la profe si conocía a algunos de los artistas que habían sonado durante la sesión. Me dijo que sí, que tomaba clases de salsa y los escucha todo el tiempo. Aunque aclaró, con total honestidad, que en realidad solo reconocía a la cantante de “este temón con el que estamos cerrando”.
Mientras lo decía, se escuchaba una voz de trueno que advertía,
“Si quieres llegar derecho, mejor camina de frente, para que no haya tropiezos y vengas y te lamentes…”
Como si la mismísima Celia Cruz hubiese sido convocada para dar el veredicto final de aquella intensa clase. Escucharla después de semejante sesión me llevó a pensar en cómo hay en esa voz tremenda de Celia (y en las letras de sus canciones) algo profundamente corporal que engrana perfectamente con el Pilates.
No es menos cierto que muchos consideren estos temas más adecuados para una juntada, una clase de baile o una cocina con olor a lechón. Pero debo recordar que estábamos a dos días de Navidad.
En resumidas cuentas, la playlist de Pilates parece responder menos a la filosofía original del método que a los estados de ánimo. Un día suena Bach, otro llueve en loop infinito y, en diciembre, cuando el cuerpo ya sabe que vienen excesos, puede aparecer Celia Cruz sin pedir permiso.
Y esto es también parte del encanto del Pilates. Porque incluso en un método que predica control, alineación y precisión, hay días en los que el tumbao también cuenta como equilibrio, y ¡azúcar!

